Soy El Solitario, realidad, ficción y Ley del Cine
Con la perogrullada «la realidad convive con la ficción» emite Antena 3 hoy y mañana la TV Movie Soy El Solitario. Y digo perogrullada porque la característica principal de una TV Movie, lo que la define y la convierte en lo que es, es su actualidad. La exigencia básica para el éxito del formato es que el contenido sea de interés para el espectador por su relación con la realidad.
Consecuencia también derivada del formato es que la peli, o hace audiencia hoy y mañana, o no la hará nunca. En televisión, los temas caducan rápidamente y si El Solitario está de actualidad esta semana, hay que aprovechar para emitir la película.
Aunque se emita en dos capítulos, los que nos ofrecen no es una miniserie porque a las miniseries se les supone coproducción y venta del producto al resto de Europa, pero a la hora de hacer caja y acompañar a los telediarios la peli en dos parece la opción más efectiva y no veo cómo el tema va a interesar a europeos, además de que en el reparto no hay ninguna estrella de tirón internacional.
Como curiosidad, le han cambiado el nombre al personaje de El Solitario, para evitar demandas, aunque afirman que en la serie se respeta la presunción de inocencia. Hombre…, que digo yo, que si el tipo sale atracando bancos o disparándole a gente, hay poca presunción que valga. Y ésta es la producción que disparó la polémica de la Guardia Civil, así que en ella veremos a los últimos agentes reales en acción porque desde entonces se les ha prohibido hacer de ellos mismos en horas de servicio.
No son muy habituales las miniseries o las TV Movies en la parrilla porque es un formato que no fideliza a la audiencia y, si falla, supone la pérdida de una cantidad importante de dinero pero parece que Antena 3 se ha decidido por esta formula para aplicar la Ley del Cine e invertir el 5% obligatorio en este tipo de producciones. Todo queda en casa. Por lo visto, tienen previsto estrenar tres TV Movies más, una de ellas sobre Miguel Ángel Blanco.
Vía: El País
Peta Zetas según Glenclous

Inauguramos la sección de REPORTEROS INTRÉPIDOS con las reflexiones de Glenclous acerca del fenómeno Peta Zetas. Digo fenómeno porque parece que ha conseguido sacarnos a todos de nuestras casillas. Aquí la crónica desgarrada de una sufridora, al más puro estilo Un, dos, tres.
Yo pasé todo el programa sufriendo por el pobre de sonido que tenía que estar en el control con cascos. Si Corbacho normalmente grita, ayer berreaba literalmente. Y esto, independientemente de la calidad del programa, va a ser la razón principal de que el programa se vaya al garete por una razón sencillísima: Este programa se emite tarde y muchos de los espectadores tendrán gente en casa durmiendo: niños, personas que tienen que madrugar, etc. Ese era mi caso ayer, y os prometo que aguanté el programa por la picada que me echó Ruth el otro día, jiji. Cuando hablaba Corbacho, volumen abajo. Cuando hablaba algún otro colaborador, volumen arriba porque no te enteras. Cuando Corbacho le interrumpe, volumen abajo (y como le interrumpe, no te da tiempo y ya temes por la persona durmiente de la casa). Entra un vídeo, volumen arriba con ración triple de botón, porque los vídeos estaban bajísimos en comparación con el sonido de plató. Terminaba el vídeo y sólo con el sonido de los aplausos, sin que interviniese el presentador, los salones de toda España, normalmente silenciosos a las dos de la mañana, retumbaban, y hala, volumen abajo. No es normal tener que ver un programa con el dedo constantemente en el volumen del mando. Y parece una tontería, pero una vez pasada la novedad, la gente prefiere ver late-shows a un volumen fijo. Suficientemente alto para escucharlo bien, y suficientemente bajo como para no despertar a la gente de otras habitaciones. No es tan complicado.
Peta Zetas, un zapping de los Ochenta
Con cierta precaución me dispuse a ver anoche Peta Zetas. Por un lado, el revival ochentero atraía mi atención poderosamente. Por otro, Corbacho y compañía me hacían temer lo peor. Finalmente, el programa no está mal, se deja ver, pero no es en absoluto lo que a mí me gustaría ver.
Ante un vídeo de Milli Vanilli, por ejemplo, yo misma soy capaz de articular un recuerdo apoyada en la nostalgia, no necesito las intervenciones del presentador y los colaboradores que tiran ostensiblemente de guión y que aportan poca pasión a las imágenes. Los diálogos medidos y consecutivos están alumbrados de forma evidente por el texto. Para mi gusto, la cosa habría funcionado mejor si el programa permitiese al equipo del programa hablar de recuerdos friquis, como una de esas conversaciones absurdas que siempre culminan con un: “¿Os acordáis de Ulises 31?”. Que no digo yo que Corbacho y compañía no sean unos friquis de los Ochenta, pero no lo demuestran. Y puestos a pedir, creo que este programa habría funcionado mejor con gente como los chanantes, que ya nos deleitaron con Smonka!,.
Las referencias ochenteras, eso sí, están muy cuidadas y rezuman en cada detalle. La música, con la sintonía inicial de Depeche Mode (que no sé si es la original), y la final de Seguridad Social, aunque cantada por Corbacho. El boli de Corbacho, de esos de cuatro colores (¿quién no tuvo uno?). La rotulación y la imagen general del programa. Hasta la web, un pantallazo antitecnológico como mandaban los cánones de los Ochenta y a la que hora resulta imposible acceder.
Empezó mal la cosa cuando se utilizó la teta de Sabrina como gancho para mantener al espectador en el programa con una imagen que se ha repetido hasta la saciedad desde aquella Nochevieja de hace veinte años. Cuando Corbacho presentó a los colaboradores, Enrique del Pozo salió gritando “¡¡jujuuu!!”, al más puro estilo José Luis Moreno, e interpretó un sainete absurdo con el disco chino como polémica. Y a mí Corbacho no me molesta, aunque no es santo de la devoción de muchos (su foto de los Ochenta es brutal).
Como buen programa de vídeos, han articulado una presentación en forma de ranking bastante sugerente y efectiva: Los timadores, mitos convertidos en friquis y frases célebres. Una buena manera de ubicar al espectador y de hacerle partícipe de la memoria colectiva. Interesante el duelo entre objetos de los Ochenta, pero resuelto de una forma pasmosa, con una votación con pompones y el walkman surcando los aires.
Si dedicasen más tiempo a los vídeos me tendrían abonada a la emisión, pero pesan, demasiado para mi gusto, los chistes fabricados de los presentadores y la falta de espontaneidad. Con lo que me gustaba Mitomanía, por ejemplo.
Fama ¡a bailar! Nonstop
Ayer dediqué un rato a ver la emisión de Fama que ofreció Cuatro por la tarde porque entre semana pienso seguir siendo fiel a Sé lo que hicisteis… y el programa no me sorprendió en absoluto, con la excepción de algunos puntos que claman al cielo.
¿Es posible que Cuatro tenga becarios como realizadores? Porque si no, no me explico cómo vuelven a caer en los mismos fallos que Supermodelo. Planos imposibles, movimientos de cámara inexplicables, y esto con el agravante de que el programa estaba editado, no era en directo. Si esto era lo mejor que tenían, no quiero ni imaginar cómo será el material descartado. Un ejemplo: una actuación en un salón diáfano con dos columnas a los lados, ¡¡y las columnas se interponen en el tiro de cámara!!
Para la publicidad han seguido el ejemplo de la Fórmula 1 en Telecinco. Es decir, ventanita al canto (de la pantalla), para ver la Escuela (no confundir con Academia o con Centro de Formación), en directo y los comerciales a la vez. No es necesario y resulta poco efectivo en una tanda publicitaria de quince minutos porque en la ventana se intuyen unas diez personas dando saltos y moviéndose pero, a no ser que tengas una sábana de pantalla en el salón, la imagen es tan pequeña que no se aprecia ningún detalle.
El look oculto de los ochenta, con la estética industrial de Flashdance, o el nombre y la tipografía del programa, como ya comentamos aquí. Pero sobre todo la música, que hace que un buen montón de espectadores que no vivieron la década gloriosa vayan locos intentando averiguar qué canciones suenan en el programa porque no ponen el título de los temas ni los intérpretes. Y a esto tengo que apuntar que son versiones malísimas de los originales. Sacrílego es lo que han hecho con el Wonderful life de Black, y todo por no pagar derechos. Aquí el clásico para deleite de los sentidos.
Como reality el programa es bueno. Lágrimas, competitividad, dureza, sacrificio…,. Los concursantes tienen una aura de hipocresía que no se la acaban: se abrazan y se besan sin parar, pero las puñaladas traperas van que vuelan. Los profesores van de buen rollo pero se ponen serios en los momentos requeridos. ¡Ah! Y ya tenemos dieta para la concursante que, a pesar de su sobrepeso, baila como pocas. La ilusión de su vida es que la levanten al vuelo (hacer un truco lo llaman), y ya le han puesto a su disposición un nutricionista. Por su bien, espero que su futuro no sea el de acompañar en los anuncios de adelgazantes a Rosa de España. Y me da lástima Marcos, la cuota friqui del programa, un chaval que es sistemáticamente maltratado por un sector de los concursantes porque creen que no tiene méritos para estar en el programa. Espero por su bien que no termine como Raquel, la friqui de Supermodelo.
Oda a las buenas personas de Renault
A veces la publicidad es engañosa y en otros casos, como el que nos ocupa, la publicidad trata de engañarse a sí misma. ¿Qué pensarían los responsables de la marca al ver este anuncio? ¿Por qué creyeron que podría funcionar? Claro, otros anuncios de este corte ya han pegado el pelotazo y eso es buena señal, pero no se dieron cuenta de que esta campaña era una copia burda. Supongo que el problema estriba en que los responsables de la marca no son treintañeros.
El anuncio en sí hubiera triunfado de haber sido el primero, pero no lo es. Desde mi punto de vista, deberían de haber elegido otro enfoque que los distinguiera de los anuncios maestros (de hecho, uno de los anuncios maestros es el suyo). No me vale que hayan utilizado los chistes típicos, como el de los Playmobil, para darle otro aire a la historia.
Me siento insultada porque pensaron que podrían engañarnos con una artimaña tan pobre. ¿Acaso la nostalgia se dispara viendo imágenes de Marco con la banda sonora de Rocky de fondo? ¡Bah! La publicidad es un arte y, cuando está bien hecha, me encanta. Por eso me molesta tanto que hayan intentado darnos gato por liebre con esta historia. Construyeron una fantástica imagen de marca con el anuncio de La historia interminable y ahora se la han cargado con esta campaña. Qué fraude y qué desastre.
En La tele que me parió: Coca Cola y los años 80 / Renault Mégane y el surrealismo
Callejeros, la ley de la calle
Hoy vengo a pedir que me hagáis crónicas de Callejeros porque yo no sé a qué palo cogerme, la verdad. Me reconozco tan identificada con las historias de barrios marginales que tratan (viví en uno durante diez años), que soy incapaz de ver los reportajes con la distancia necesaria.
Anoche estuvieron en Los Junquillos, pero como si dicen que estaban en Palma Palmilla o en El Cabanyal. Con la excusa de grabar la realidad sin intermediarios, reproducen una y otra vez los mismos estereotipos. En cada una de esas historias a mí me parece que falta contraste y la normalidad aparece siempre como excepción.
Lo que más me desconcierta es no saber qué quieren contarnos en los reportajes de este corte. Cualquiera que se pasee por un barrio de esas características podría ver lo mismo que ven ellos, con la excepción de las casas. La pobreza, la falta de empleo, los modos de vida particulares basados en la supervivencia, se repiten y saltan a la vista, pero ¿qué mensaje quieren transmitir con ellos? ¿Es responsabilidad de los ciudadanos entrevistados? ¿Es un problema social del que todos somos responsables? ¿Es una realidad paralela a la de la mayoría?
Pincharon en hueso con el tema de El Cabanyal porque detrás de toda la historia hay una plataforma de asociaciones que está luchando por salvar su barrio y que no se vieron identificados en el reportaje. ¿Pasa esto en el resto de barrios que visitan?
Demasiadas preguntas, como veis, que necesitan de vuestra iluminación. Yo no sé con qué carta quedarme.








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