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‘Los mejores años’ es un festival de fin de curso
Anoche Televisión Española estrenó Los mejores años de nuestra vida, un programa que tenía que haber estado en Telecinco pero que al final ha ido a parar a La 1. Un programa musical en el que se enfrentan dos décadas y en el que un jurado formado por adolescentes (qué edad más difícil), decide qué decada es la mejor en función, sobre todo, de las canciones. Es como si alguien hubiese dicho: «Vamos a hacer un programa para La 1», y hubiesen tirado del manual de calidad de la empresa porque el espacio es ideal para esa audiencia entrada en años que se rumorea que tiene el botón del 1 gastado de tanto usarlo.
Obviando a Carlos Sobera y a Àngel Llàcer, a los que tengo aborrecidos, obviando ese cementerio de elefantes que es el programa, lleno de triunfitos zombies moviendo las caderas y desgañitándose de lo lindo, obviando la ausencia de sonido directo en las actuaciones y obviando la cantidad de tópicos que se desplegaron en los diferentes duelos (el verano, los bailes, los sex symbols…), he de deciros que si os apetece una dosis alta de frikismo, Los mejores años es vuestro programa.
Para empezar, las actuaciones de viejas glorias (lo de viejas tiene un sentido despampanante en este caso). Para mi fue supremo el diálogo entre Carlos Sobera, Teresa Jimpera y Samantha Fox. Samantha intentó desvincularse de su pasado de mito erótico pero habló tranquilamente de enseñar la tetas mientras que la Jimpera, que hacía de traductora, en lugar de tetas decía «boobies» y hacía el típico gesto de las tetas. Me dio a mí que le supo mal que la enfrentasen al monumento Fox. El batería de Los Sirex miraba por encima de las gafas con esa pose típica de: «Qué pasa, las gafas son de cerca». Los cartelitos que ilustraban los vídeos y que intentaban destacar la importancia de los artistas: «David Bowie asistió al funeral de Tino Casal» o «Manolo García le dedicó una canción en un concierto a Danza Invisible». Me quedé de piedra con Mike Kennedy, que con el tiempo se ha convertido en el doble de Clint Eastwood. Y cuando vi una imagen de Luis Aguilé descubrí el enorme parecido físico que tiene con Jiménez Losantos.
En fin, que es un programa para comentar en casa y verlo solo es un rollo. Menos mal que pude evitar que Josmachine me abandonase por la Xbox y nos echamos unas risas. Nos daba vergüenza el público, que habría firmado por contrato altas cotas de entusiasmo y en las tomas generales de la grada era fácil pillar a alguien bailando, cantando y equivocándose en la letra. Todo sea por el buen rollo.
Como buen programa de Gestmusic han montado una web en la que también andan liados los de Portalmix y podéis ver vídeos tan elegantes como el que encabeza la entrada, además de retos de quién es quién y demás cosas así. Lo del enfrentamiento de décadas es lo de menos pero se remontan sólo hasta la de los 50. De décadas anteriores será difícil encontrar representantes que tengan una movilidad adecuada.
En el lado positivo, una buena realización (que se note que en Televisión Española están curtidos en galas), y las copresentadoras Ángela Fuente y Anna Simón. El vestuario, horrendo. Las coreografías firmadas por Poty y los pourris tipo «La década prodigiosa» bastante vulgares. Que lleven otra vez a Raphael, eso no tiene precio. Para todo lo demás, el resto de cadenas.
Granjero busca esposa, friki hasta el final
Anoche se despidió la primera temporada de Granjero busca esposa con récord de audiencia. 2.380.000 espectadores (14,9% del share) vieron el desenlace de uno de los concursos más frikis de todos los tiempos. Cuando empezó a promocionarse el asunto tengo que reconocer que no las tenía todas conmigo pero subestimé el proyecto que se traían entre manos. Ahora, con todo el pescado vendido, me doy cuenta de que no tenían previsto tomarse el asunto de las parejas demasiado en serio y que el cásting tan extraño ha sido la clave del programa. No querían hacer un programa de citas «de verdad», más bien pretendían ofrecer un tapiz en el que las relaciones más extrañas tuvieran cabida.
Los y las concursantes no han respondido en ningún momento a lo que solemos ver en cualquier programa de televisión. Por decirlo de alguna manera, eran todos demasiado vulgares, normales y hasta feos en algunos casos. Pero sin duda lo que más encanto ha tenido ha sido la contradicción. ¿¡Cómo puede ser que esa mujer rusa haya terminado besándose con el señorito andaluz!? Surrealista a más no poder. Increíble que el tipo con pinta de estar en tratamiento psiquiátrico se haya visto superado por las dos locas que le pusieron al lado. Nadie hubiera podido creerse, si esto hubiera ido en serio de verdad, que el único que haya conseguido pareja estable haya sido el tipo que tuvo el ataque de ira más cruel de todos. El que tenía pinta de ser más serio de todos se ha quedado para vestir santos. Eso no habría pasado en un dating show del montón.
He leído en Facebook unas sabias palabras de Prol. Comenta que acertó todo lo que iba a pasar porque él, como buen guionista, lo habría escrito así, y que Granjero busca esposa ha sido una exitosa serie de ficción. Si en lugar de un reality hubieran hecho un mockumentary al estilo de The Office no habrían tenido tanta audiencia pero el resultado habría sido más o menos el mismo. ¿O acaso Michael Scott no habría sido un dignísimo granjero? Yo creo que sí.
La cadena ya prepara una segunda edición de esta fantástica serie así que estáis prevenidas. Lo más seguro es que no encontréis granjero (el porcentaje de parejas ha sido ínfimo), pero tendréis el lujo de participar en una de las mejores comedias que se han producido en España en los últimos tiempos. Nos reiremos de vosotras, no con vosotras, que conste, pero saldréis en la tele y podréis contar la fantástica experiencia a vuestros nietos. Visto lo visto, se busca a mujeres con pocos escrúpulos, que pasen olímpicamente del granjero, que se esfuercen en cambiar al hombre en cuestión y que, en el último momento, abandonen el barco por la puerta de atrás. Lo de «busca esposa» no es más que una frase hecha, podrían haber titulado el programa «La parada de los granjeros», en homenaje a Tod Browning, y habría sido más fiel a la realidad.
‘Mad Men’ os cambiará la vida
Mira que soy exagerada, ¿eh? Pero es que a mí me ha pasado. Mad Men me ha removido por dentro y cada episodio ha sido un descubrimiento, una sorpresa y, al mismo tiempo, un espanto. El choque entre lo ético y lo moral, la comprensión de los personajes más infames, el contexto social, la producción, las interpretaciones, forman pequeñas obras de arte de cuarenta minutos. Siento verdadera pasión por esta serie, pero no es una serie fácil.
Mañana por la noche, a la una de la mañana según la web de Cuatro, después de House y sus repeticiones, estrenan una de las serie más premiadas de los últimos tiempos. Cuando las audiencias no acompañen dirán que es que los espectadores españoles no estamos preparados para series de este tipo. Es una pena. Os recomiendo que la grabéis si podéis y que la veáis tranquilamente, sin sueño y dedicándole la atención que merece. No sé de qué sirve comprar una serie así para estrenarla de esta manera pero ya lo hicieron con Dexter.
Yo compré la primera temporada en DVD y le dediqué varios fines de semana, en plan ritual. Mad Men se contextualiza en los años 50 y 60, cuenta la vida de unos publicistas y analiza la moral americana desde el punto de vista de la publicidad, la guerra de sexos y el enfrentamiento de clases. Lo mejor es que esa pátina de pasado permite poner en tela de juicio cuestiones totalmente actuales. No es una serie de acción y la trama argumental discurre de forma muy lenta (soy aficionada a los torros), pero cada episodio es un paso más hacia el descalabro, parece que no habrá vuelta atrás, pero todo permanece prácticamente igual, o eso nos creemos.
Yo me quedo con el personaje de Peggy Olson, la secretaria pueblerina que aterriza en la agencia, porque su evolución es el reflejo de una lucha que jamás podrá ganar. Don Draper, el protagonista masculino y su jefe, es todo lo contrario, un ganador que teme el día en el que le toque perder. A ambos les acompaña un mosaico de frustrados, de hipócritas, de buitres carroñeros inmorales y traidores. No creo que se salve nadie, pero los adoro a todos.
En fin, que me alegra que Cuatro emita esta serie, y siento que lo haga de esta manera tan despectiva. No digo yo que tendrían que haberle reservado un prime time, pero las once o las doce de la noche no habrían sido horas tan malas como la una de la mañana. Espero que podéis disfrutarla y, aviso, esta opinión tan generosa que tengo de Mad Men no es compartida por mucha gente, así que luego no me maldigáis si habéis perdido horas de sueño por mi culpa.
’21 días sin comer’
Reconozco que me dispuse a ver el reportaje de Samantha Villar con prejuicios. El tema de los transtornos alimenticios me parecía muy grave para que se tratase como un ejercicio de investigación sin más y tenía mis dudas acerca del tratamiento y el enfoque del programa. Temía que se cayese en la simplificación, en el morbo, en el diagnóstico superficial y que recrease los tópicos comunes de unas enfermedades tan terribles. Me equivoqué.
Quizá mi predisposición a esperar tan poco hizo que 21 días sin comer me pareciese mejor de lo que fue (ya diréis vosotros qué os pareció), pero lo cierto es que en su conjunto se hizo un análisis completo de unas enfermedades terriblemente complejas mostrando realidades muy distintas. Me impresionaron las imágenes de los protagonistas del reportaje comiendo, con esas caras de suplicio. Comer es un acto social y se identifica con momentos agradables, de diversión, pero ver esos duelos personales tratados con tanto cuidado, destacando la soledad frente a la comida, me resultó terrible y agradezco la sencillez de la edición. La actitud de Samantha Villar fue perfecta en todo momento, sin juzgar a los enfermos y a las enfermas, y aunque el reportaje buscó una conclusión feliz con el caso de una chica que estaba terminando su proceso de curación, lo cierto es que quedó en el aire cierto regusto a fracaso reflejado en las caras de esos hombres y mujeres que siguen enfermos después de años.
Lo que menos me gustó fueron los monólogos de Samantha Villar frente a la cámara relatando su experiencia de ayuno pero eran necesarios y son la columna vertebral del programa. En sus palabras identifiqué ciertas instrucciones, un repaso demasiado concreto a los aspectos de la salud. Seguramente me equivoque pero frente a la naturalidad del resto de testimonios, el suyo era el único que parecía seguir un guión. De todas formas, esto no empañó el resto del espacio. Un tratamiento sencillo pero directo a la raíz de unas enfermedades incomprensibles para la sociedad y que conllevan consecuencias física, psicológicas y sociales. Creo que transmitieron a la perfección el calvario y me alegro de que tuviera tan buenos datos de audiencia (más de dos millones de espectadores). A veces no es necesario un tratamiento morboso para interesar al espectador. En esta cuenta de YouTube podéis ver el programa completo.
‘A ver si llego’ no ha llegado
No es un secreto que A ver si llego no me gustó nada, me pareció que no habían invertido lo suficiente en la producción y no me identifiqué en ningún momento con esas historias de la crisis. Después de seis capítulos emitidos y de tener diez grabados Telecinco ordenó ayer paralizar la grabación de la serie tras haberla retirado del domingo sutituyéndola por Aída (sí, otra vez), para intentar hundir a Doctor Mateo.
Pese a todo, no me gustan las cancelaciones y no me alegro cuando algo se va al garete. Prefiero que se emitan cosas que funcionen aunque a mí no me gusten, como Águila Roja (otra vez cinco millones de espectadores la ensalzan a un liderazgo indiscutible). Pero qué se le va a hacer, ya sabemos que la tele funciona a base de ensayo-error.
En el caso de A ver si llego yo creo que tendrían que haber hecho un planteamiento diferente del asunto pero de los errores también se aprende. Desde mi punto de vista ofrecían una imagen de la crisis económica muy exagerada y quizá demasiado naturalista, con personajes egoístas y con poco lugar para el optimismo. A pesar de ser una comedia, había poco lugar para la risa en un fresco muy simplón y poco amable, con una galería de personajes agobiados, humillados y presionados. Es difícil que un espectador disfrute ante semejante panorama. Quizá si no hubiesen recurrido a la coralidad les habría resultado más fácil encontrar un punto de fuga a las historias, un contraste y una lectura diferente, pero la coralidad parecía inexcusable (les funcionó en Aquí no hay quien viva, pero eso no quiere decir que ese recurso vaya a servir siempre y para todo). En el caso de A ver si llego parecía que la crisis lo modelaba todo y los personajes tenían poco margen de maniobra.
Con unas tramas poco potentes y unos personajes sin historia, el escenario cobra dimensión. En mi caso, si los personajes no me interesan me dedico a mirar detrás y los decorados eran tristes. Ya sabemos que en las comedias de situación los decorados y la iluminación sólo sirven de marco, pero en este caso ese marco corroboraba la impresión de falta de rumbo, de realidad extraña por parcial, de ambiente de opereta. ¿De verdad querían que nos tomáramos en serio sus historias de la crisis con unos panaderos vestidos con un uniforme surrealista?
En fin, que la propuesta podría haber tenido su interés pero con tanta contradicción y con tanta intencionalidad edificante se han quedado a medias y no han conseguido comunicarse con los espectadores. Otra vez será.
Eurovisión, el castañazo
Vamos hoy con los dobles sentidos. Castañazo el que se pegó el señor del vídeo (y no fue el único); castañazo en audiencias que han terminado comprimiendo en una las dos galas que quedaban; castañazo para Melody, a la que han abandonado sus gorilas Vivancos porque no asumen las deficiencias de realización que les tocó capear en su actuación para la candidatura.
El año pasado el invento se llamó Salvemos Eurovisión y este año han tenido a bien titular el esperpento como Eurovisión: El retorno. Quizá alguien creyó que el éxito del año pasado se debió a un inusitado y renovado interés por el Festival, parecía que cual Ave Fénix había renacido de sus cenizas pero más bien, me parece a mí, la fiebre duró tanto como un merengue a la puerta de un colegio.
Dicen las malas lenguas que la culpa la tienen Chikilicuatre y El Terrat y, en cierta manera, creo que hay parte de razón en esa afirmación. Conste que no soy eurofan pero sí que soy «Chikilicuatrista» así que mi seguimiento del certamen del año pasado vino de la mano del invento de El Terrat y murió cuando Rodolfo colgó la guitarra. Supongo que soy una de esas espectadoras efímeras que no interesan a Televisión Española porque, viendo el éxito del año pasado, podrían haber intentado seguir el camino de hacer metatelevisión, pero han optado por volver a lo tradicional, dejando huérfanos a los que, como yo, el año pasado optamos por la diversión y la risa.
He leído de todo acerca del Festival y lo más imponente, un ataque directo a la yugular, es este titular: ‘TVE quiere terminar con los clichés y la caspa de Eurovisión’ (noticia completa en el Diario de León). Caray, si Chikilicuatre levantara la cabeza se llevaría una desilusión, con lo majo que fue el hombre, que aguntó carros y carretas y consiguió finalmente un posición mejor que la de otros representantes anteriores más serios. En fin, agua pasada no mueve molino, dicen, pero lo cierto es que sólo nos acordamos de Rodolfo cuando truena y las cifras de audiencia de este año están haciendo un eco de lo más escandaloso.
No digo yo que este año tendrían que haber intentado repetir el asunto (no creo que les hubiese salido), pero igual habría estado bien quitarle trascendencia al evento, enfocarlo más desde el humor y dejarse de repetir resortes del pleistoceno televisivo. Podrían haber aprovechado el tirón para introducir variaciones que situasen el programa en el siglo XXI pero qué sabré yo, que opino como espectadora pero de Eurovisión no sé nada. Igual lo que tienen montado este año, o desmontado, es el camino perfecto al triunfo; o puede que en realidad no les interese lo más mínimo ganar pero no tienen narices para abandonar el certamen pero, como digo, qué sabré yo.








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