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Ya tengo favorito para Salvar Eurovisión
No sé si Rodolfo Chikilicuatre conseguirá meterse en la final, pero lo cierto es que su candidatura ya aparece en la web de Salvemos Eurovisión, de la que hablábamos ayer, y la canción promete convertirse en un hit viral . La verdad es que lo merece.
A medio camino entre el reggaeton y la chirigota, el Chikichiki tiene frescura, actualidad, es pegadiza e incluye unos pasos de baile frikis que tienen todos los números para ser lo más bailado este verano. Esto sólo podía surgir de esas mentes enfermas que trabajan en El Terrat. Una vez conquistado YouTube, ahora van a invadir el MySpace y, más allá de eso, utilizan la cuenta de otra cadena y otro programa para hacer difusión del suyo, de Buenafuente. Me quito el sombrero.
El Chikilicuatre es, una vez más, David Fernández Ortiz, un tipo que ha encarnado a los personajes más desternillantes de los últimos tiempos. Aprovechando el físico que tiene, la delgadez y una cara absolutamente expresiva, David Fernández ha conseguido meterse en la piel de Risto y mejorar el original, ha sido «el Gilipollas» o Santi Clima. Sin trampa ni cartón le vimos, los pocos que vimos aquel programa, de jurado en Por fin has llegado, el programa de Josema Yuste que TVE estrenó y canceló a la velocidad del rayo.
No sé cómo será trabajar en El Terrat pero visto desde fuera parece que la productora es a la televisión lo que Pixar es a la animación. Me divierte tanto que la televisión sea un escaparate de buenas ideas…,. Queda por ver qué dicen al respecto en el blog de Eurovisión, en el que por ahora no he encontrado ningún artículo que referencie a este fenómeno.
Os dejo de regalo el vídeo de Josmar, el candidato que en 1998 el programa de TV3 Malalts de tele, también de El Terrat, quiso presentar a Eurovisión.
Vía: Menéame
Paco Lobatón y Quién sabe dónde
No recuerdo un programa con más impacto social que éste en la década de los noventa. La maestría de Lobatón en la conducción del programa (quién sabe dónde estará este hombre), su tranquilidad y su aplomo en las situaciones más espeluznantes, los casos de las desapariciones que unieron a media España en la búsqueda de la otra media.
El programa fue un acierto de TVE y plantó cara a las emisiones de las emergentes cadenas privadas haciendo bandera del concepto de la solidaridad. El tratamiento humano de las desapariciones favorecía la identificación del espectador y en la web de TVE definen el programa como la primera gran experiencia de lo que después serían los reality show y en parte es así. Viendo ahora las imágenes me recuerda en cierta manera a lo que hoy conocemos como el infame Diario de Patricia. Como curiosidad, el primer presentador del programa y del que ya nadie se acuerda fue Ernesto Sáenz de Buruaga.
Este último vídeo me recuerda a mis tiempos de teleoperadora en los que más de una clienta (o cliente), se hicieron pasar por personas del sexo contrario para contratar o cancelar servicios de la empresa de telecomunicaciones para la que yo trabajaba. Tiene su lado divertido, claro, pero recuerdo el caso de una señora mayor que se hizo pasar por su hijo porque quería fraccionar una factura enorme en la que habían muchas llamadas de tarificación adicional. La mujer, haciéndose pasar por su hijo, me decía: «Es que mi madre se ha enganchado a los teléfonos del tarot esos». Una lástima. Por otro lado, ya no hay profesionales como los de antes. ¿Os imagináis a Torreiglesias o al policía de La 1 en una tesitura así?
Robin Hood (La Sexta)
Para empezar, reconocer el obstáculo que debe suponer para una serie (o cualquier otro producto), el que ya se hayan hecho historias de éxito con un mismo tema. La historia de Robin Hood es más o menos conocida por todos y eso marca unas premisas necesarias que hay que respetar y que pueden encorsetar el desarrollo de la narración.
Dicho esto, la serie que estrenó anoche La Sexta traiciona, desde mi punto de vista, todas las premisas de partida que se le suponen a una historia sobre la leyenda de Robin Hood. Sobre todo, lo que más llamó mi atención fue la edad de los protagonistas, todos demasiado jóvenes (aunque esto vendría justificado por el target de la serie); y el diseño de los personajes y de los escenarios (demasiado limpio y pulcro para tratarse de la edad media).
La realización es bastante macarra, con un tratamiento de la imagen que roza la polarización y con flashback acompañados de halos fantasmales. Los efectos especiales son bastante cutres y la infografía se huele a kilómetros (no hay quien se crea que las flechas son de verdad).
Lo de las flechas tiene su aquel y no es cualquier cosa (para mí). En la peli de 1991 protagonizada por Kevin Costner (¿1991? ¡Ufff!), la flecha obviamente no era de verdad, pero el plano subjetivo era totalmente novedoso y justificaba el uso de efectos especiales. Nada que ver con lo que vimos ayer en la serie.
En cuanto al guión, se dan demasiadas explicaciones al espectador, abundan las reiteraciones y los planos explicativos innecesarios sin los que cualquier espectador medio podría seguir la trama fácilmente. Los decorados son obvios y saltan a la vista y el recurso del plano contra plano, en lugar de disimularlos, los hace más evidentes.
Repasando YouTube me he encontrado con un buen montón de vídeos que se recrean en la historia de amor entre Robin y Marian (la serie es de 2006 y la BBC ha emitido dos temporadas), lo que ha confirmado mi impresión de que no soy público objetivo de esta producción. Así, si buscáis una historia de amor sin exigencias históricas y formales la serie puede estar bien; pero si os gustan las recreaciones históricas, esta serie puede llevaros al cabreo.
Jason Lee también tiene un pasado
Todos lo tenemos, de hecho, pero sólo Jason Lee puede presumir de ser el protagonista de Me llamo Earl y de ser actor fetiche del gran Kevin Smith. En esta era que bien podría llamarse la Era Youtube, cualquier pasado puede saltar a la luz en el vídeo menos pensado, dándonos la oportunidad de observar al gamberro en su estado más puro y en plena efervescencia adolescente.
Las imágenes se las debemos a otro niño malo, el creador Spike Jonze, que grabó a Jason Lee en su producción llamada Video days (1991), un documental sobre estrellas del skate (sí, Jason lo era). Después ambos coincidieron como actores en Mi vida loca (1993).
Supongo que a Jason no le hará ninguna gracia verse con estas pintas (a nadie nos gusta enfrentarnos a nuestro pasado), pero a mí me resulta gracioso y entrañable.
Fuente: El blog de FOX
Gossip girl en AXN
Empezaré reconociendo que me gustan las series de y para adolescentes. Las veía hace quince años y pensaba que eran cosas de la edad, pero como ahora sigo viéndolas he de concluir que me gustan. Lo sé, es raro, y lo peor es que no existe tratamiento.
Gossip girl reúne todos los elementos convencionales del formato: gente pija y popular y dos protagonistas sin pasta inmersos en ese mundo de víboras. Chicos y chicas malas, drogas y alcohol. Familias desestructuradas. Luchas por la popularidad. La virginidad como frontera y casi como definición de ciertos personajes femeninos. ¿Cómo sobrevivirán los pobres en este infierno? Con su integridad, claro.
El título de la serie, Gossip girl, hace referencia al blog y al nick de «chica cotilla», la narradora misteriosa de la serie interpretada por Kristen Bell (en AXN están emitiendo la serie en versión original subtitulada, así que podréis disfrutar de su voz), y que gracias a Internet mantiene informados a todos de los cotilleos y de los sucesos que trufan la vida de estos jóvenes. Y pido una ovación para Kelly Rutherford, uno de los iconos de los 90 gracias a su papel de prostituta redimida por el doctor Mancini en Melrose Place, que interpreta a la madre superficial de Serena.
En Estados Unidos se ha emitido hasta el capítulo diez de la primera temporada (aquí llevamos dos), y es que la serie es una de las perjudicadas por la huelga de guionistas y si al principio la primera temporada iba a constar de veintidós episodios, parece que finalmente se quedará en doce. Me parece interesante poder ver cómo la terminan así, a toda prisa, porque se han quedado sin material. Para que luego digan que los guionistas son prescindibles.
La nostalgia y la televisión, objetos de consumo.
Regalar nostalgia televisiva es un valor seguro. Por lo menos, eso se extrae de un estudio que ha realizado la consultora Millward Brow para EBay. Según sus conclusiones, al 87% de los internautas españoles nos gustaría recibir regalos relacionados con nuestra infancia o nuestra adolescencia. Y parece que la fiebre por la nostalgia es internacional.
Yo creo que somos todos una pandilla de friquis, la verdad. No voy a negar que me derretiría ante un presente (navideño o no), relacionado con mis filias infantiles televisivas. La red está llena de gente que busca iconos de la juventud para regalarse y hay algunos que se pasan cuatro pueblos (un Madelman en su caja original se ha vendido por tres mil euros).
Para mí, lo más chocante de la noticia es comprobar cómo distintas generaciones pugnan por aupar sus iconos al top de los más vendidos. Yo creo que existe cierta competencia por establecer qué iconos son los mejores y es de justicia reconocer que cada generación reconoce y piensa que sus referencias son las auténticas, en detrimento de las referencias de los demás.
Seamos claros: siente una cierto orgullo al saberse hija de Ulises 31 y menosprecia a los pobres que se la han perdido. Y emocionarse con la muerte de Chanquete une, y mucho. Por lo visto, el estudio marca que las nuevas tendencias irán enfocadas hacia el éxito de Zipi y Zape, Mortadelo, Epi y Blas y Martes y trece (va de parejas la cosa).
En cualquier caso, que los productos de algo tan espurio como la televisión tengan éxito y se paguen a precio de oro no hace sino demostrar, una vez más, que uno de los medios más denostados tiene una influencia social fuera de toda lógica, amén de ser objeto de consumo masivo. Sólo por eso el televisor se convierte en una especie de altar pagano porque el consumo es el signo de nuestro tiempo.








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