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‘Sherlock’, oscura y acertada revisión del clásico

Qué ganas tenía de ver Sherlock. Llevaba tiempo leyendo cosas, no demasiadas por miedo a los spoilers, y los titulares me habían llevado a hacerme una idea equivocada. Llegué incluso a pensar que había algo de viajes en el tiempo pero no hay nada de eso, ni falta que le hace. Sherlock es una adaptación más de las novelas de Conan Doyle, una vuelta de tuerca que reinterpreta las historias situándolas en el presente y amoldando los personajes a la nueva realidad.

El mundo en Sherlock es gris, con la excepción de algunos colores saturados, y es decadente, sucio, desordenado. Vemos un Londres más cercano al ambiente de Dickens que al de las típicas postales del Big Ben. Flota en el aire el pesimismo contemporáneo, la frustración y la angustia de vivir tan típica de los momentos que corren. En este contexto Sherlock es un personaje deshumanizado, sociópata, como se define él, un buscador de sensaciones que centra toda su existencia en los desafíos mentales, en la resolución de crímenes, y su personalidad complicada le sitúa en el punto de mira de un departamento de policía mediocre que le odia tanto como lo necesita.

Watson es un fracasado que reprime sus emociones y se niega a sí mismo la posibilidad de vivir sin lastres. Se siente más cómodo en su psicología alterada por un trauma hasta que conoce a Sherlock, alguien similar a él pero que, por contra, disfruta siendo un personaje tarado en una sociedad enferma. Es complicado reconocer las propias debilidades pero, sobre todo, es difícil para Watson ser consciente y asumir las propias fortalezas en un mundo en el que no son muy bien vistas.

La galería de personajes que les acompañan son los mismos que en las novelas y todos están afectados por ese contexto general, gris, poco dado a aceptar transgresiones y mucho menos a reconocer que esas transgresiones son la solución a todas las cosas. En este caso, el reconocimiento pasa por evidenciar que la postura general es la errónea, aunque sea la socialmente aceptada.

El proceso deductivo en Sherlock está ilustrado con secuencias frenéticas que imitan el proceso mental del personaje, con rótulos sencillos que simplifican el clásico momento de encontrar las pistas y las nuevas tecnologías juegan un papel importante, aunque no clave, y esto me gusta. Sherlock usa los teléfonos móviles, claro, pero casi nunca usa el suyo, y para usar Internet está Watson, que termina siendo un escudero en la sombra, un admirador que persigue a su ídolo pese a que todos le dicen que es mala idea. La genialidad de Sherlock sólo es admirada por Watson y las capacidades de Watson sólo son descubiertas por Sherlock así que estaban condenados a encontrarse.

Y para terminar, los guiones son redondos y no les puedo poner ninguna pega. La trama procedimental es evidente, estamos hablando de un detective, pero se complementa con una trama transversal y se aliña con la evolución de los personajes, nada estáticos, cambiantes, que crecen poco a poco. No quiero olvidarme del humor que han conseguido plasmar en los diálogos y en las situaciones implícitas. Es lo que nosotros llamaríamos “humor inglés”, sarcástico, ácido y lleno de alusiones a situaciones incómodas que nunca son expresadas con claridad.

En fin, podría seguir contando cosas. Los actores son fantásticos, por ejemplo, pero lo resumiré diciendo que me parece una miniserie redonda.

22 noviembre 2010 at 09:26 10 comentarios


Teleadicta sin remedio

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