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Hay que vivir y El día que cambió mi vida
Anoche fui una de las pocas que se dedicó a hacer piña con La Primera y me tragué el programa Hay que vivir y después, sin digestión, de postre, El día que cambió mi vida. Podría resumir esa noche con un «más de lo mismo» y me quedó la duda de si los programadores de TVE fuman algo que no sea tabaco en el trabajo.
Pese a que la competencia era floja, no lograron atrapar más que una audiencia residual, y eso que los programas era dramas, o quizá precisamente por eso. Me pareció que este tipo de programas son más idóneos para La 2, el primero, y para programas como el de Ana Rosa, el segundo.
Hay que vivir fue un documental interesante, optimista, sobre el cáncer de mama. Sí que me resultó un poco lamentable el hecho de que enseñasen los talleres ocupacionales. Ver a un montón de mujeres cosiendo mantelitos me resultó una perspectiva horrible. Tampoco profundizaron en un aspecto importante sobre el que pasaron de puntillas: la enfermedad en mujeres jóvenes. Pero en fin, que parece que la palabra «cáncer» hizo que la audiencia cambiase de canal. Ojos que no ven…,. Amenazan la semana que viene con anorexia y bulimia.
El día que cambió mi vida es un docu-drama donde se narran dos historias paralelas, una que acaba bien y otra que acaba mal. El estilo sensacionalista aprovechó sólo uno de los puntos de vista, no hay investigación y los testimonios, en ocasiones, parecían preparados. Muy en la línea de Diario de…, con el disfraz de la denuncia social.
Quizá en TVE pensaron: «Oye, que si el drama vende, pues drama en horario de máxima audiencia». Pues no, mira, no funciona. Parece que a los espectadores nos sienta mal el drama después de cenar.
Identity, un concurso sin misterios
Unos personajes y unas identidades son la base de un concurso que no valora ni la habilidad, ni la destreza, ni la inteligencia, y mucho menos la cultura. Sólo armado con su intuición, el concursante debe relacionar personajes e identidades en un suma y sigue de euros. Aconsejado por miembros de su familia, ayudado por los comodines, jaleado por la grada y animado por el presentador, el concursante va tomando decisiones que le llevan al éxito o al fracaso. Y nada más. En el estreno parece que ha aguantado el tirón de las audiencias con cierta dignidad. Veremos qué tal les va sin Factor X y sin CSI en la competencia a partir de la semana que viene.
En el primer programa entre los personajes estaba Julio José Iglesias, que resultó ser vendedor de helados en su juventud. La concursante acertó quién era el fakir porque, según ella, el señor tenía toda la cara de tragar cuchillos. Y esto son sólo dos detalles. Un concurso en el que cualquiera puede participar porque sólo se requiere tener prejuicios y ser capaz de prejuzgar a la gente, y esto lo hacemos todos. Pero de ahí a que se premie…,.
Es que tenemos una televisión pública que no nos la merecemos, ¿o sí?
Factor X: punto y seguido
Hoy termina la primera edición de Factor X España. A lo largo de dos meses han ido cayendo como moscas los candidatos menos valorados y hoy tendremos en la final a los cuatro que han resultado ser los mejores.
Durante este tiempo hemos podido ver a un buen número de friquis haciendo de las suyas, se han podido escuchar versiones verdaderamente horrendas de temas clásicos y, a pesar de intentar ser algo distinto, el perfil de los finalistas es calcadito al de los concursantes de Operación Triunfo (jóvenes). El rollo del jurado cabreado no ha sido ni la sombra de Risto porque, por lo visto, no han tenido valor para repetir las escenas de mala leche. Nuria Roca ha sido efectiva y no se ha dejado dominar por las situaciones, aguantando el guión demasiado para mi gusto.
Pese a todo, o quizá por ello, la audiencia ha respondido y el programa ha obtenido excelentes resultados así que tendremos Factor X para rato. Que se vote al mejor es lo de menos porque el disco y la carrera discográfica durarán tanto como una lluvia de verano pero no hay problema, antes de que la audiencia se despiste aparecerán otros «artistas» dispuestos a darlo todo por un éxito. Felices aquellos que ponen su imagen a disposición de una cadena con tal de aparecer en la sección de éxitos de el Corte Inglés. Que la cadena se forre a su costa parece importarles poco. Verdaderamente, ciertos sueños son pesadillas anunciadas.
Pocholo 007: un cero a la izquierda
Ayer empezó en La Sexta el reality de Pocholo y Arancha Bonete, sin domicilio fijo. Un viaje absurdo donde los haya en el que la pareja, despojados de todo bien material, tiene que recorrer la península a lomos de una caravana escacharrada. La audiencia, respecto al miércoles pasado con El Club de Flo, se ha mantenido fiel a la cadena (a ver cuánto les dura porque Pocholo tiene gancho entre un sector de los telespectadores).
Las triquilueñas de Pocholo y Arancha para sobrevivir esconden, en realidad y como siempre, una publicidad estratégicamente encubierta. Por ejemplo, para conseguir los primeros ingresos van a la inauguración de una discoteca ibicenca de postín. Sus aventuras también nos dan la oportunidad de plantearnos determinadas cosas. A ver: ¿Cómo es posible que tipos como Pocholo aprueben el carné de conducir? Por lo demás, nada reseñable. Situaciones ridículas, como ganar dinero firmando autógrafos en cientos de patatas. O lecciones ya aprendidas, como aquella de tiran más dos tetas (las de Arancha), que dos carretas.
Podrían haber aprovechado el viaje para mostrar rincones de España al estilo Labordeta («Un país en la mochila de Pocholo»), pero sin su toque intelectual (el programa tampoco habría sido interesante, pero habría tenido más sentido). Han optado por lo sencillo: sobredosis de Pocholo y Arancha, dos personajes que poco aportan al interés general. Guardo la esperanza de que el formato esconda una estrategia para agotar la imagen de los personajes y cargárselos para que no vuelvan a salir en la tele nunca más. Si es así, bienvenido sea este programa a la parrilla.
«Jericho»: solvente pero sin competencia
Ayer estrenó Jericho en Telecinco con una audiencia de lo más respetable (un 24,2% del share el primer episodio y un 23,2% el segundo). No sabemos si el éxito se debe a méritos propios o si, por el contrario, la ausencia de competencia en esa franja horaria hace bueno un producto que a mí no me terminó de gustar. Cinco hermanos (que tampoco me gusta), en Cuatro, no aguantó el tirón sin el apoyo de House.
El planteamiento de la serie es atractivo y tiene los componentes básicos que consiguen enganchar al espectador: un rebelde hijo pródigo que vuelve al redil a pedir dinero y debe enfrentarse a su pasado; un gran abanico de personajes secundarios con peso específico y que dibujan los estereotipos generales de composición de una sociedad, de manera que podemos identificarnos con el que queramos; y una situación límite que cambia radicalmente la vida de los personajes (un ataque nuclear).
El drama, la tragedia colectiva, se compone de los dramas individuales y es el esfuerzo colectivo y la unión del pueblo la que parece que logrará sacarlos adelante. Se contextualiza el ataque nuclear en un período de alerta en el país frente al «enemigo» y, para mi gusto, sobran planos de la bandera y los discursos de «solo no puedes, con amigos sí». Hubiese preferido, en este sentido, un planteamiento más aséptico, que remitiese menos a la situación actual. En Lost (Perdidos), se inventaron el accidente de avión; en Invasión lo hicieron con un ataque alienígena. Lo siento pero no puedo ser objetiva: los ataques de patriotismo me producen urticaria.
La serie ha sido retirada en Estados Unidos pero tras una campaña de los fans, la CBS ha decidido darle un final. Os dejo un vídeo de la campaña.
Adios a Weeds
Una cosa menos que hacer el viernes. Cuatro ha retirado Weeds por escasa audiencia. Quizá la recuperen más adelante, en fin de semana y en horario de noche. En su lugar, repiten un docushow que ya emitieron en los inicios de la cadena, Benidorm, de la serie Vidas contadas.








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